miércoles, 6 de septiembre de 2017

María Eugenia Simionato






El camino que invento para mis pies
está justo en el borde de esta mesa
determinado por el tamaño de mi deseo:
si me obligo a escribir
la hoja se vuelve cada vez más blanca
si me obligo a un acto cualquiera
se ilumina el contorno contrario.
Me distraigo,
lavo la ropa acumulada,
y las manos, llenas de espuma,
las manos que obedecen.


***

Me despierto cerca de la hora del almuerzo.
Todavía no me acostumbro a este modo de ser yo
quien dirige el orden de la casa.
Tengo que atravesar mis pequeños olvidos,
para no incendiarme,
para no dejar el gas prendido, o culpar a los libros
de la duración del fuego.
El agua de los días se endurece. Y la silla es un objeto quieto.
Entonces es urgente navegar, de algún modo lo hago
al escribir, junto al mate y la música de fondo,
para que el agua no llene toda la noche,
para distraer a la oscuridad con el viento que hacen mis movimientos
hasta que avanzo un poco
y la veo cada vez más lejos.




Tenías mi edad cuando nací

Todavía recuerdo las palabras que me trajeron al mundo:
"Casi no te movías. Te gustaba esa oscuridad. Nunca te acomodaste del todo al ruido".
Casi no hablaba. Nunca sentí del todo mi voz.
Tenía un hueso sobresalido en cada hombro
y no podía dejar de tocarlos,
contemplar esas formas de la muerte
era un juego, tocar la dureza.
Me dabas un regalo
como el gato que te regala un ratón o un pájaro orgulloso.
Envuelta en tu pelo,
las ondas de tu pelo y el perfume, siempre tu perfume
el maquillaje intacto,
el sonido de los tacos, tu extraña presencia
llegando, sin ningún paisaje, sin nada del mundo
para contar.
Tenía sed, y me pasabas un espejo.
Era otro el vidrio, otro el continente,
pero daba lo mismo. Algo calmabas.
mi voz indefinida
hija de tu oscura y delicada carne.




Árbol

En el temblor de la raíz sobrevive
la verdad de una hoja
y en la última rama comienza
la ausencia del árbol.
Pero del árbol
sólo puedo sentir el hueco
por donde asoma la luz.




La noche crece como un río solitario

Voy a acomodarme
en el exacto espacio que separa
tu palabra de la mía.
La noche crece como un río solitario
y me pregunto:
¿Quién podría asegurar si no es tu ojo o el mío
el pez valiente saltando
al otro lado del insomnio?





María Eugenia Simionato es psicóloga y poeta. La noche crece como un río solitario, su primer libro de poesía, nació en un taller de escritura en 2014 con el poeta Diego Muzzio. Se editó en el 2015. Tuvo un blog hace unos años, que por ahora está cerrado. . En 2016 participó del IV festival internacional de poesía de Mendoza en el marco de la feria del libro, en el Le Parc. Y actualmente está por salir una reedición, (finales de 2017) por la editorial Sirga.

martes, 29 de agosto de 2017

Iván Rojo




Con un McMenú entre pecho y espalda

Hay un pájaro enorme en la rotonda.
De un verde radiactivo al resplandor de la BP 24-7.
Recorre el simulacro de césped sobre sus patas larguísimas.
Picotea entre las briznas requemadas.
Cada pocos pasos alza la cabeza y mira alrededor, como perplejo.
Es un ave zancuda, pero no sé cuál exactamente.
¿Una garza? ¿Un flamenco? Eh: ¿y si fueras una grulla?
Espero que no, no me jodas.
Siempre he querido ver una grulla, no sé por qué.
Pero había imaginado nuestro encuentro de otra manera.
Así que solo espero que no lo seas.
¿Qué se te ha perdido aquí, pajarraco? Lárgate.
Tienes suerte de que esto no sea América o Nazaret.
Sacaría la pipa de la guantera y te volaría los sesos.
Por imbécil.



Truchas americanas

Los mejores poemas del mundo
los escribe un viejo analfabeto
que malvive a base de truchas
pasadas en las duras montañas de
Washington.
Al menos eso oí el otro día mientras
guardaba cola en el súper del barrio.
Aunque supongo que no puedes
fiarte mucho de nada que provenga
del súper porque hasta el producto
más sencillo no sé, digamos el pan
de molde solo contiene realmente
un ínfimo porcentaje de cereales.
Sea como sea, cuando oí o creí oír
a la chica de la Caja 4 decirle al encargado que
los mejores poemas del mundo
los escribe un viejo analfabeto
que malvive a base de truchas
pasadas en las duras montañas de
Washington,
ni su rubio de bote ni los diez aros
en su oreja izquierda ni siquiera
el tatuaje KEVIN en la cara interna
de su rechoncho y rosado antebrazo
derecho me hicieron desconfiar
de la veracidad de sus palabras.
Había algo luminoso en su hablar.
Algo puro y sincero. Algo incuestionable,
Como cualquiera de las leyes de la física.
Según contaba se trata de poemas
sobre osos o ciervos o águilas
o puercoespines o truchas, claro,
y algunos de ellos hablan además
de muchísimas otras cosas existentes
en el bosque profundo y también
en cualquier ciudad del planeta.
Hablan de cómo corren, vuelan,
huyen, atacan y respiran las criaturas.
Hablan, decía la cajera a su jefe, de ti.
Esa dedicatoria exclusiva y excluyente
me hizo sentirme solo y triste,
y no pude evitar interrumpir a la chica
para preguntarle si creía posible
que aquellos insuperables poemas
hablaran también de mí.
Ella me miró de arriba a abajo
y enseguida en sentido inverso,
y se quedó callada con gesto indeciso,
buscando con sus ojos muy pintados
de azul eléctrico la intervención del encargado.
Supe entonces que mi voz había roto
una especie de hechizo sagrado,
y quise salir de allí cuanto antes.
En la mano llevaba una lata
de truchas en aceite de girasol
de la que me había olvidado por completo.
Nunca había comido truchas,
y vi claro de golpe que no quería
comerlas así, enlatadas, sin espinas
ni corazón ni rastro de espíritu.
Lo que deseaba era comerlas
recién pescadas por mí mismo
en un río limpio, muy limpio azul cielo.
Devorar su alma simple y cristalina.
Pero, joder, era como si el mundo
y toda su inercia me obligaran
a empujones a pasar por caja.
Ya en la calle el cielo nublado
parecía el techo a punto de derrumbe
que se cansa bajo un piso inundado.
Pero la tormenta no acababa de descargar.
Lamenté no ser un indio navajo.
Lamenté que mi madre no se acostara
de joven con un indio navajo
y así ahora yo supiera lo necesario
para invocar al dios de la lluvia,
de una lluvia torrencial purificadora.
Además, mala suerte, el hombre del tiempo
había asegurado que diluviaría.
Me pareció oír un ruido dentro de mí.
Pensé en una taquicardia o algo así,
porque de pronto estaba mareado.
Tuve que agarrarme a una farola
y acompasar mi respiración con el mundo.
Entonces me di cuenta de que el ruido
no provenía de mi interior.
Flotaba en el aire, en todas partes.
Era el crujido de las placas tectónicas.
La jodida deriva continental,
alejándome de América y sus truchas
una micra más cada puto segundo.



La cabeza que guardo en el congelador

La cabeza que guardo en el congelador
siempre tiene la misma cara.
No pasa el tiempo por su piel.
Está condenada a ello.
La cabeza que guardo en el congelador
me dice que lo suyo no es vida,
que hasta los peores presos salen al patio,
y me pide que por favor la ponga un rato al sol.
La cabeza que guardo en el congelador
se queja de compartir celda con la comida para gatos,
el arroz tres delicias y las pizzas Hacendado.
Me pide que me cuide y la cuide un poco mejor.
La cabeza que guardo en el congelador
algunas noches canta arias de ópera que jamás he oído.
Su voz fría se vuelve entonces aire cálido.
Da gusto oírla. A veces hasta aplaude algún vecino.
Otros, también es cierto, lloran tras su tabique.
La cabeza que guardo en el congelador
es tan bonita que ciertos días
me sangran los ojos tan solo de mirarla
y tengo que cubrirla con una bolsa de basura.
La cabeza que guardo en el congelador
es tan bonita que de tanto en tanto
no puedo reprimirme y la beso.
Entonces sus labios cianóticos recuperan
por un momento todos los colores de la vida.
La cabeza que guardo en el congelador
se parece aterradoramente a la mía pero
tiene escarcha en las pestañas y los iris azul Neptuno
de quien padece la irreversible ceguera del hielo.
La cabeza que guardo en el congelador
me pide que la alimente de triunfo, calor y sangre.
Que me deje de una vez de escrúpulos.
La cabeza que guardo en el congelador
me dice que podría hacerme el rey del mundo.
Y es muy persuasiva. En una ocasión sucumbí
a sus palabras y quise sustituir por ella la mía.
Con hilo de plata suturé mi herida.
Nadie nunca se dio cuenta.
La cabeza que guardo en el congelador
en el fondo sabe que nunca será
quien podría haber llegado a ser.
Que encarna una tragedia tan grande
como el incendio de Roma,
la caída de las torres gemelas,
la parte trasera de un campo de exterminio,
la última y eterna glaciación.
La cabeza que guardo en el congelador
me insulta, me implora y me maldice
y cuando realmente está tranquila
me pide que tenga compasión
y la meta de una vez en el horno.
Pero no. Yo la guardo porque sé que una mañana
amanecerá descongelada, caerá en sabias manos
y sus sesos serán deliciosa comida para tigres.
Para toda una generación de fieras
cuyas zarpas
deshilacharán el mundo como un ovillo.





Iván Rojo (Valencia, 1976) es autor de los libros de relatos Pantano (Sven Jorgensen, 2014) y La vida salvaje (Rasmia, 2015), así como de la novela Ultraligero (Rasmia, 2016). Tiene además dos poemarios publicados: 10.000 caballos de guerra (Versátiles Editorial, 2016) y Finlandia (Jámpster eBooks, 2017). Ha participado en la antología Música de ventanas rotas, Homenaje a John Fante (Dalya, 2016).


martes, 22 de agosto de 2017

Álex Chico






Península

Cómo enlazar los dos
márgenes de esta Europa,
con qué motivo
aunar cada continente
que nos corresponda.
La Península acontece a la deriva,
imaginando un puente
sobre el Duero
que estreche sus dos orillas. Cruzarlo
es, en este momento, un anclaje más
que me trae de vuelta.
Iberia se reconoce en cada lugar
que visito,
desde el mismo paraíso prohibido
que busca su primer nombre.
Y en esta huida
parece que el territorio renace
con un nuevo destino.
No sé a qué acento corresponde
esta fuga: será ahora más certero el aviso.

Conozco esos lugares
que permanecen en la frontera,
y por todos ellos siento viva la memoria.
Cualquier espacio al oeste de Europa
podrá ser por sí mismo
una antigua trilogía.
Cualquier luz que no sobresalga
merecerá una habitación oscura y antigua.
Si todas las ciudades son, en definitiva,
una misma ciudad, puede que esta trasparencia
no se oculte: las luces de Granada
se anticipan a otros destellos del norte.
Será ese mismo crepitar el que nos diga
que el pábilo surgió en antiguos malecones
del Cantábrico,
intuidos desde Cádiz o Mojácar.
Este recinto de oscuridad
envuelve lo que digo.
(Volviendo a la orilla
con sumo cuidado, se pueden intuir
los minúsculos pesqueros).

Sigo habitando en Barcelona,
y será allí, en cada boca
de metro,
donde distinga un lugar único y certero.
Me viene a la memoria
aquel pinar de acantilado
que despertó mi conciencia
viendo partir los últimos barcos
desde la costa. O aquel tranvía
al que creí observar despejando
entre las calles más estrechas de toda la ciudad
los fulgores de una noche conclusa, satisfecha.
Distingo cualquier sonido
que me haga recordar una lejana conversación
en Coimbra
o una breve estancia
en Lisboa.
Los círculos fronterizos anuncian
algunas plazas que conocí en Salamanca.
(Rodeados de tierra, los paisajes urbanos señalan
todo su abismo).
Desde una oculta atalaya de muralla y piedra
observo escondidos los valles de Plasencia,
envueltos en hojarasca.
Los maizales invitan, de nuevo, a la partida.

Es curioso este azar que se abre camino
y me descubre todos los lugares de mi infancia,
observados ahora con la misma premura
y asombro.
No sé si será el silencio quien encumbra las aguas
de este río de sombra: Tajo o Ebro sirven a un idéntico espejismo.
Si la felicidad ha sucedido en estos paisajes,
aconteció sin apenas conciencia de ser vivida.
(Sortirem per la ciutat, baixarem cap al nord)

Todo atesora una intensa calma mientras se observa.
Parecen reproducirse ante mí lejanas imágenes visitadas
y me siento incapaz de condenarlas una a una al olvido.
Cualquier voz,
cualquiera,
recordará algún melancólico hallazgo del viajero.
Cualquier voz,
cualquiera,
conseguirá  habitar algún instante
de su memoria.
Se ha conseguido fraguar otro mapa
observando un mar en armonía.

Vuelven ahora los seudónimos que desearía
haber utilizado desde el comienzo: Torga, Kavafis, Al Berto,
Pámpano, Espriu, Lorca.
(Posible es ya el sonido desde Faro: Mensagem, en Pessoa).

En la estación de San Bento
diviso, por última vez, la ciudad de Oporto.

Son todos esos lugares, todos esos nombres, los que continúan
imperecederos en mi memoria.
Son todos ellos los que se repiten en la distancia
del eco
y me infieren nuevamente
tanta tristeza.


       Del libro La tristeza del eco (Editora Regional de Extremadura, 2007)





La parada del autobús

Iniciarás una nueva semana
y continuarás así el ritual
de tus días.
Seguirás la costumbre de levantarte
temprano y abandonar
con torpeza la habitación.
Sabrás, ya desde el comienzo,
que tu primera despedida se produjo
al cruzar el umbral de una casa.
Bajarás a la calle
en compañía de tu madre y esperarás,
aún con sueño,
la llegada de dos autobuses
con rutas similares.
La alegría consistirá entonces
en abrir bien los ojos,
porque se ha visto, a lo lejos,
los número 43 o 44.

Buscarás un hueco y convertirás
ese espacio en una humilde
y meritoria conquista.
Con suerte, quizás logres sentarte.
Mirarás con sosiego
la extraña mecánica de una ciudad
durante las primeras horas de la mañana.
Su movimiento, calculado hasta el extremo.
Su ordenación perversa
y, a la vez, admirable.

No conocerás a nadie.
En ese rincón del autobús
serás consciente del exiguo
espacio que ocupamos en el mundo.
Un universo aterradoramente minúsculo,
pero un universo al fin y al cabo.
No conocerás a nadie
y sin embargo aquellos viajeros,
efímeros y somnolientos,
te serán para siempre familiares.

El trayecto será largo
y aun así llegarás pronto al colegio
(recuerdas parte de su ruta:
Rambla de Guipúzcoa, Bac de Roda,
calle Mallorca, avenida de Roma…).
Aprenderás a construir un territorio
a partir de unas pocas calles.
Apenas sabías que todo lugar
encierra en sí otros lugares.

Recibirás más lecciones de esos viajes.
Comprenderás, por ejemplo,
que un refugio no se encuentra
en un espacio remoto,
sino en el hueco que has podido ocupar
en un vagón de metro
o en un autobús lleno de gente.
Comprenderás que para aislarse
no se requiere un paisaje desierto.
Basta con saberse solo
entre otros semejantes
con los que nunca hablas.

De las horas en el colegio
recordarás una tarde.
Fuera llovía y la lección avanzaba.
Alguien recitaba en voz alta
el nombre de los planetas,
que por entonces eran nueve.
Retendrás esa tarde
porque aprendiste uno de los pocos versos
que todavía sabes de memoria:
monotonía de lluvia tras los cristales.

Allí, pegado a la ventana,
siguiendo el curso de las gotas,
lograrás imaginarte en otro lugar.
Habrás iniciado, sin saberlo,
esa costumbre tuya
de estar siempre en otra parte.
En una fuente de Montjuïc,
mientras miras a la cámara.
En el parque de la Ciutadella,
que en aquel momento te parecía inmenso.
En las pistas de tenis
que improvisaste con tu padre.
En las vías de la estación de Francia
y en las palabras que leías al abandonarla
(Sí, Barcelona és bona…).

Estarás en otro lugar,
porque a media tarde dejarás el centro.
Volverás al margen.
El regreso bajo tierra será,
en el fondo, similar:
cambiar de línea,
acortar el trayecto
con algún juego recién inventado,
repetirte a ti mismo
unas cuantas palabras
por el simple placer de recordarlas.

Así pasarás tus primeros años,
en esos trayectos en los que, aún hoy,
intentas encontrarte.

Acabas de escribir el poema
más largo de tu vida.


        Del libro Un lugar para nadie (ed. De la luna libros, 2013)
  




Habitación

Formo parte de una habitación. Todo sucede en ella. Formo parte de una habitación y soy lo que queda en cada uno de sus ángulos y rincones. Soy lo que aún permanece porque no me abandona. Nadie, en el fondo, abandona una habitación. Pertenezco a un lugar con cuatro puertas que conducen a una nueva sala. La misma, siempre. Soy una habitación a la que busco un significado. Así nos engañamos y logramos sentirnos menos solos. El miedo inventa nombres para distraerse.
Una habitación es suficiente. Para vivir otra vida. O para sumar algo más de vida a la vida. Mi mundo es un misterio de habitación cerrada. Un palacio de cristal, inmóvil y variable. Una doble puesta en escena. Un territorio vacío, porque carece de cuerpo aquel que la ocupa. Tampoco yo tengo cuerpo cuando la habito. O lo tengo y no lleno con él ningún espacio. 
Me basta con saber que existe una habitación capaz de albergar a tanta gente. A la vez. Uno a uno. Les observo por el ojo de la cerradura y dialogo con ellos en ocasiones. La habitación reproduce el silencio de quien nos habla en otra parte. Así responde la habitación, con el ruido de pasos que aún la cruzan de uno a otro extremo. Con su quietud al simular que han comenzado a vaciarla. 
No soy más que una habitación. Desconozco los motivos que me han conducido a ella. Tal vez no necesite respuesta alguna. Tal vez, me digo, tampoco yo sepa dársela. Ignoro por qué una habitación y por qué sería peor si no existiera. Una habitación que comienza a desaparecer cuando estoy dentro y escribo.
Quizás ya no quiera ser más que una habitación, invadida y solitaria.
Sin poder salir de un lugar que alguien, una vez, llamó W.


Del libro Habitación en W (ed. La Isla de Siltolá, 2014)







Álex Chico (Plasencia, 1980)  Ha publicado el cuaderno de notas Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas (La Isla de Siltolá, 2016), la novela de ensayo ficción Un hombre espera (Libros en su tinta, 2015) y los libros de poemas Habitación en W (La Isla de Siltolá, 2014), Un lugar para nadie (De la luna libros, 2013), Dimensión de la frontera (La Isla de Siltolá, 2011) y La tristeza del eco (Editora Regional de Extremadura, 2008), además de las plaquettes Escritura, Nuevo alzado de la ruina y Las esquinas del mar. En 2016, la editorial chilena Andesgraund publicó Espacio en blanco, una antología que reúne parte de su obra poética desde 2008 hasta 2014. 



lunes, 14 de agosto de 2017

Noelia Palma



(foto: Oscar Ernesto Solís)







12 Había una vez si puede decirse ahora todo el oro, esa luz que golpetea, mi amor, algunas cosas o la urgencia invencible boca a boca y nos íbamos juntos del mundo para venir al mundo.



25 Madre, aquí llora tu hija muerta dame de comer tu abrazo digo todavía por favor, balbuceo cosas azules, escupo qué lindo velorio hay un triciclo y fotos con trenzas hay las palabras arrancadas de los ojos ya no respiro te cuento que hace bien morirse perdoname si quise descansar, recuerdo me peinabas bellísima para ir a la plaza y en la hamaca siempre tus manos daban empujoncitos como pequeños abortos vivos, el vértigo del aire siempre en la cara el lloro blanco en la cara, mamá el lloro de la hijita muerta tan niña no creció no creció como los gusanos gordos.





28 Hay una fotografía de mi niñez donde estoy junto a mi padre. Lugar de toda ausencia dejarse crecer la vida.







26
El silencio todo reunido: abrir y cerrar cosa incesante como una boca desordenarlo, que haga alguna monería ponerle una mano en la garganta hacerle una fe: enterrar el lenguaje en el lugar donde el viento sopla más fuerte un dolor nuevo para que hable.






24
O habrás sentido un resplandor, algo que subía por tus piernas latiendo. Quiero decir, tu masturbación, meterse todo ese deseo hasta el aborto final irrespetuoso y horrible ¿cómo podría doler más? La belleza nos dijo cosas parecidas a la plenitud el verbo cigarrillo contar libros poemas de memoria porque siempre se tiembla un poco después de darnos lástima el cuerpo.





Noelia Palma nació en la provincia de Buenos Aires en octubre de 1984. Textos suyos han sido publicados en diversas antologías y revistas digitales como Digo.palabra.txt, Letralia, entre otras. Realizó talleres literarios con Alberto Ramponelli y Eduardo Espósito. Su primer libro de poemas, Que la muerte nos ampare fue editado por Francia Ediciones, 2017. Su blog: noeliapalma.blogspot.com


lunes, 7 de agosto de 2017

Juan José Rodinás





  
Balada para un perdedor absoluto en verso relativo


La madrugada es un niño rodando colina abajo
en mi cabeza que rueda colina abajo & cielo arriba arriba
donde se muele mi rostro de piedra sobre mi rostro de hueso.
De hecho, no sé si pienso esto que pienso: fracasé y soplé
y coloqué mi torso sobre una cancha de sangre
donde se acumulan los órganos del hombre que ya no pude ser,
que no sabría. Sobre el plumaje de un búho en el desierto,
las mujeres que no tuve, las que anhelé en la lluvia,
recorren un hospital psiquiátrico donde disparan
contra el laberinto vertical de mi cabeza rapada a los 16 años.
Esta muerte donde las islas de viento soplan
sobre los carrizos de agua de mi rostro quemado
es un pasaje directo hacia los huesos. Sin gracia, niño gris,
hombre concreto (la versión tangible de otros, esos sí,
triunfadores y etéreos, pero también hueco, vacío,
hambre de fondo, línea de arrastre de un símbolo inundado,
concreto máquina poema hombre poema cicatriz).
Y nuevamente herida. Nadie que me elija me elegirá.
Tengo el doble de años y una niña de niebla me esconde
bajo su mano (soy quien le venda su rostro,
quien la tortura sin que ella lo sepa para así comprenderla).
El cielo esplende como la cópula masiva de un enjambre
de abejorros azules + la velocidad de las células
amarradas sobre mis ojos: hay avisos de curva que no hay.
Hoy 6 de julio de 2012, mi alma es una cabeza rapada,
un desierto de neuronas sobre una isla de caballos
cosidos contra una nube de seda. Mamá, ya olvidé
cómo se escribía mi nombre. La escuelita de mi muerte
se abrasa con demasiados rostros desconocidos,
saludos cordiales, la desesperación de un animal
por convertirse en polvo.

(De Anhedonia, 2013)




Ilustración con muchacha dentro


I

Un sol como una pregunta.
Un fondo áureo en la tintura.
Un círculo amarillo con tentáculos.

Alguien dirá sol pensando
“punto amarillo sobre la carretera”.

Hacia la derecha, un altar de piedra.
Janis Joplin, en efigie de plástico,
es una virgen morena
sobre cuya cabeza vuelan moscas y tábanos.

Aullante. Una vez más
colocarle una vela Janis aullante.
Y orarle así por todos los muertos de la carretera.

Cruces. Calaveritas pizarnik.
Cruces. Lápidas.
Todavía un realismo filmado
en cámara verbal con 30 milímetros de luz.

Aquí llueven paisajes de granizo.
Paisajes de polvo en un valle de estrellas.


II

Estas imágenes proceden de un viejo telefilme
que nadie mirará jamás.

Hay un vehículo parqueado.
es un Chevrolet modelo 85.
Vendo seguros -dice un burócrata- desde el auto viejo.

Busca en los ojos de Johanna
-así se llamó la muchacha perdida-
un argumento para desmentir
que el mundo sea un niño loco
que hunde su mano en una tina roja
para luego perderla en una escena irrealista.

En los ojos de Johanna, el burócrata encuentra
un fósforo encendido,
un video gore dentro de un pájaro de cuarzo.
Para agregar, luego,
el paisaje necesario al extraño conjunto.

III

Tomo la estrella- dice el burócrata.
¿Me servirá tu estrella, Johanna de los muertos?-
piensa, mientras arranca su auto
a la velocidad de la luz.

El sol es un punto –como un hueso alargado-
acariciando flores
y flores que no son de la mente.

(Bendita seas, Señora de las cosas:
Janis Joplin ora sobre el corazón de la niñita monstruo).

El burócrata parquea su automóvil.
Entra a un restaurante y,
mientras mira los postres del menú,
medita:
soy lo invisible
o tengo, al menos, tu huella invisible.

Y se sienta en una mesa
que bien podría existir sin él.



(De Código de barras, 2010)




Cromo “Permanent Vacation”


Filmaba una película sobre un cartón de huesos. (Entiendo). No copiar. Ampliar los huesos. Yo miraba una cinta de Jarmusch. ¿Velocidad de una estrella negra abriéndose en el ojo? (Sí, entiendo). Huesos, perros, niños obesos comiendo dulce elaborado con niños en polvo, con azúcar extraída de hadas con tumor cerebral, con demonios servidos para la merienda. Un ritmo circadiano entre las fresas negras. Breve película donde uno marcha hacia dentro de la mente inmóvil, de la ciudad corregida, posada por los pasos.




I
09:12
Azul es cielo material y nubes blancas. Un hombre guarda una caja de cerveza heineken en un tráiler: lo mal construido del tiempo está en la calle de esta imagen. Camino sobre la acera como pasando sobre un disco de 45 revoluciones. Desde aquí, lo visto es una distancia que se contrae o expande y: esa pasarela de animales desconocidos, de mutaciones invisibles. Estoy solo.




II
09:14: limpieza, sueño
Volveré a la casa, a la cabeza con árboles donde nací, volveré al ojo de topo de mi madre, a la casa hipotecada, volveré a la casa de los huertos donde nadie sufre. Hay un puente de hormigón a no mucha distancia. La hierba está enrojecida. Pequeños matorrales y un chopo reluciente. Lilas marcan el borde de una charca vacía.




III
09: 14.1: limpieza, sueño
Ésta es una casa contra las galaxias. Mundo: escombros, marmajas. Soy un escombro en los escombros. Soy un escombro en los escombros de una galaxia viva. Aprendo que mis pasos son apenas las huellas de mis pasos en mis pasos.




IV
14: 12.1: hospital de la mente
Puertas y pasillos donde cada paso es un hombre sin recuerdos. La enfermera grazna y me deja pasar. Ahí, gimen las mujeres como pájaros extraviados en sus propios cuerpos. Soy tu hijo — le digo a la mujer que danza como derviche en el centro de la habitación, en el centro de la enfermedad mental. Otra ríe, pero ella: “sabía que eras mi hijo por la forma en que graznas, en que graznan los ojos de tu padre en ti”. Sonido de aviones. La enfermera grazna “es la hora de los medicamentos” y saca una aguja para dormir animales. (Se puede soñar la misma imagen con variantes). Todavía ríe la otra mujer —en ojos claros— mientras la muerte corcovea sobre un taburete: caballito pequeño y viviente.




V
17:35: versión con muchacha: postparaíso.
Los niños góticos que juegan fútbol en la calle me ven como si fuera un túmulo de heces. La ciudad es un fondo musical abolido: no me gustan los avisos de neón si no hay algo que anuncie el fin del mundo y su regreso: el eterno retorno de la cabeza muerta. Sobre una escalera, alguien canta en español: “qué bonita está la mañana”. Pero es tarde y la llorona barrial se hala los pelos iluminados, cuando le pregunto si está bien. Qué te vayas de aquí —me dice./ En el paisaje seco,/la llorona barrial canta/ y muele su mirada entre los chopos./ En círculos/ camino hacia ninguna parte/ en círculos/ miro un fondo devastado./ ¿La tarde?




VI

23: 10: versión última: corazón cabeza
Elijo el callejón de boxeadores que da paso a la realidad y su huerto de peras. Luego, dormiré en la calle: como dormir en la calle y soñar el mundo cuando despierte y soñar avenidas desiertas y una desolación que sea hija de mis ojos.




VII

23:10 mi cerebro es ópera entre dos estruendos
Un hombre negro, con dientes como perlas alucinadas, se ríe desde su silla y me habla sobre “El Efecto Doppler”. ¿Qué quieres escuchar chico? —dice, mientras ensaya un paisaje miles Davis. Algo que sea un evangelio del ritmo en el oído.




VIII
Daño una estación con cuadros invisibles. El deterioro es mi imagen quemada sólo ante mis ojos y la campana del mirlo: la memoria es la mente arrastrada y mutilada por los brazos de un hombre realista que sigue la línea del verano.

Dibujos estarcidos en la mente: fotogramas recortados sobre el soplo de la dispersión.

Pierdo mi dirección perdida.

El desvío es una línea recta en todas direcciones.

Mapa como efectode pasar a cualquier parte.




IX

Irse cuando se perdió el eje del cuerpo y pienso que en el pecho hay una ventana para escapar de 1 hacia 2. Hacia 3 también, pero a veces: rojas mariposas de ala única, huyendo. Me gusta mi traje a cuadros. En la baranda, miro el pespunte del mar. Una maleta. El señor adiós es abstracto. La fotografía en color de esta escena es una forma de la despedida. Babilonia es el mapa de una mente que se borra a sí misma. Varios botes. Un barco. La huida –la más hermosa– es hacia un punto que ha sido borrado de antemano. Un punto donde mi rostro fue borrado antes de existir.


(De Cromosoma, 2010)






Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979) estudió literatura y periodismo en Quito e hizo cursos de traducción en Madrid. Ha publicado Los rastros (Quito, 2006), Viaje a la mansedumbre (Barcelona, 2009), Barrido de campo (Arequipa, 2010), Código de barras (Quito, 2011), Cromosoma (Quito y Santiago de Chile, 2011), Estereozen (Lima, 2012) y Anhedonia (Popayán, 2013). Además, ha reunido su trabajo en antologías personales extensas, como Los páramos inversos (Popayán, 2014), o breves, como 9 grados de turbulencia interior (Guadalajara, 2014). Formó parte del comité editorial de la revista de poesía Ruido Blanco y fue editor de varios libros bajo ese sello. Ha obtenido algunos reconocimientos como el Premio Internacional de poesía joven La Garúa 2007 y el Premio Festival la Lira 2013. Actualmente, es candidato doctoral en la Universidad de Leeds e investiga la relación entre el paisaje y las identidades nacionales en la obra de dos poetas ecuatorianos y dos uruguayos. Su último libro publicado se titula Kurdistán (Juliaca, 2017)