jueves, 10 de mayo de 2018

Tomás Morales





PAKU-PAKU

Nolan Bushnell, fundador de Atari
era dueño de una pizzería
que después se transformaría
en Chuck E Cheese’s

Toru Iwatani, empleado de Namco
vio la forma de una mandíbula abierta
al cortar el primer pedazo de una pizza

estos no son más que datos antojadizos
no conozco las leyes de la informática
y apenas comprendo la diferencia
entre una onza y un gramo de levadura




CASTLEVANIA

de noche miraba el vuelo de los murciélagos que tapaban
con sus alas extendidas 
todo evento por acontecer en las afueras
imaginaba que era Drácula quien escapaba con sus secuaces
de su propio hijo
su reverso literal 
(el mismo sustantivo a la inversa)
así bauticé al único ejemplar que se colgaba de las vigas para dormir
cuando los demás surcaban la oscuridad con menor discreción

creí que revelaría su forma humana
y era en realidad Christopher Lee o Bela Lugosi
observándose a sí mismo aullando de dolor en la pantalla
con el cuerpo invertido y envuelto en una manta membranosa




BONUS STAGE

You've got to drown everything out
And see what you want to see
Thundercat
un proyecto de expansión 
del plan urbano
a través de otros medios
más aptos para el ecosistema
una comuna entera renderizada
con sus plazas y barrios
adaptadas a las nuevas exigencias
de los vecinos: el cristal
como sustituto del zinc
en las mediaguas
y de súbito difundimos
un viernes en horario punta
las siguientes instrucciones holográficas
flotando en los rieles del metro:
obtén la mayor cantidad de vidas
en menos de 30 segundos!
borramos así del mapa
baldíos con cadáveres
cercenados por una motosierra
o fetos en descomposición
nos ahorramos el dinero
destinado a mantener
los vertederos municipales
creamos lo que los vecinos
quieren ver realmente




ANÁLOGO

el patrimonio
de la humanidad:
cartuchos 
con el adhesivo 
desteñido
y el nombre del dueño
escrito con plumón
permanente
discos 
en mal estado
y con la caja rota

insertas cualquiera de los dos
en el dispositivo
correspondiente
te dices en voz baja
quizás son puras apariencias
y las cicatrices
causadas por el comprador original
hace 15 años
se sanaron por completo
pero olvidas
que los cuerpos
de tus juguetes
eran del mismo material
y desde la morgue 
regalaste brazos
piernas y cabezas
a tus mejores amigos
como medallitas
de San Judas Tadeo

resumes la corrupción
de los datos
en un par de ideas
predecibles:
la distorsión
de los parlantes
el sonido de una caracola
traducida a los 8-bits
y la imagen
un tsunami
que se desborda
por las orillas
de la pantalla

algo se puede rescatar
si se golpea
en el lugar preciso
la pantalla
o al desenchufar
los cables AV
teniendo cuidado
de no tocar
las partes mordisqueadas

por un milisegundo
captas el momento
en que todo corre bien
pero eso requiere 
mantener una mano
en el cableado
y con la otra
tomar el control

te quedas ahí
entumecido en un plano
y moviéndote con gracia
en el otro




JOURNEY

el viento estila arena sobre las dunas
como azúcar 
disuelta en agua caliente

una piedrecilla que se mueve
y derrumba el montículo entero

me deslizo en desiertos y mares
sin tablas de surf 
ni ropas adecuadas
una túnica cubre el contorno de mi sombra
(medida de precaución
contra derrumbes y tormentas
explorar con la menor carga posible
sin estudio previo del terreno)

un murmullo que proviene 
del oeste
otro manto incorpóreo (sombra
oculta) que tapa el sol

sigo el hilo que se desprende de su bufanda
días y noches pasan
hasta pisar una pirámide en ruinas
nuestros ropajes brillan con el cénit

llegamos al tope
deseo conocer a mi acompañante
pero al extender mi mano 
una llamarada del cielo
evapora su manto y el mío

volvemos a ser contornos de lo que fuimos
pero sin nuestro pasado real

nuestros nombres ahora
son geoglifos









Tomás Morales (Santiago, 1995). Estudiante de Letras Hispánicas en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda (2016). Ese mismo año se adjudica la beca de creación literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Actualmente trabaja en su primer libro.


martes, 10 de abril de 2018

Eric Schierloh








Las gaviotas lo saben


la rompiente
donde el agua
se enturbia
y bosqueja los planes
de la topografía futura
de la costa

las gaviotas lo saben
mejor que nadie
y un día
mientras se alimentan
o simplemente mientras miran más allá
con esos ojos de parcas
como sólo ellas saben hacerlo
levantan vuelo al unísono
todas juntas
todas
convencidas    todas   de que una vez
que vuelvan
el lugar
        todo el lugar
habrá cambiado          para siempre

la rompiente
es silenciosa en su efectividad
por debajo del estruendo
de las tumultuosas olas
espectaculares





En el amarillo del pecho del benteveo


Abro los ojos  algo aparece después
y los últimos rayos      entonces
del sol del atardecer               ahora
restallan en el amarillo
del pecho
del benteveo
adormilado, aletargado—como si el mundo
efectivamente             se hubiera estirado.
El pico negro
como la punta
de la última rama
de una rama
del fresno.
Ráfaga de excremento
desde lo alto.

lapso en la tarde [y parte
del origen de otra tentativa
sobre pájaros y árboles; ; ; ; ; ; queda anotado
—porque poesía también es un diario
—porque pájaros y árboles son inseparables
—porque poesía es sobre todo
un diario de esto: lo
que del mundo




El tero


El tero
que vuela rasante
sobre el espejo de agua de la laguna
no debe saberlo
pero hay
otro tero
volando del revés
justo debajo                suyo.




El pato solitario se zambulle


¿Y si el mundo
terminara
mientras el pato solitario
se zambulle en el agua
oscura de la laguna
para ir detrás               de un último bocado
en la tarde?

Mientras tanto
los juncos beben
arqueados con las espigas
de sus flores
metidas en el agua.




Tres viejas palomas


Tres viejas palomas
se detienen a conversar
en lo alto
de la chimenea
de una casa;
el campo de altos pastos
y dientes de león
desperdigados
se agita ante ellas.

Son tres mentes severas y poderosas
en tres cuerpos capaces de prodigios
y hazañas.

No lejos
el bosque
canta
—la traducción
es un intento        otro
de hacer hablar
lo que estaba mudo a medias.




Doce diminutas golondrinas


Doce diminutas
golondrinas
en los altos cables
del tendido eléctrico
—misma altura
de la que cayó
el viejo de enfrente
hace un mes
y se mató.

El vértigo
de la caída
interminable
de una vida—llegan
otras tres
golondrinas.





Eric Schierloh (La Plata, 1981) es autor de los libros de poemas Costamarina (Barba de Abejas, 2012), Los cueros (La Bola editora, 2014), Frío en las regiones equinocciales (Barba de Abejas, 2014), El mamut (Bajo la luna, 2015), Troglodytes (El Sueño del Panda, 2017),  Variaciones sobre cerrar los ojos (Editorial Municipal de Rosario, 2017) y Por el camino de tierra (La Bola editora, 2017), y de las novelas Formas de humo (Beatriz Viterbo, 2006), Kilgore (Bajo la luna, 2010), Donde termina el desierto (Bajo la luna, 2012), El maguey (Club Hem, 2016) y La mera tierra (Bajo la luna, 2017). Es traductor y editor de Barba de Abejas (http://barba-de-abejas.tumblr.com/). Los poemas seleccionados pertenecen a Cuaderno de ornitología (Caleta Olivia, 2018).



lunes, 19 de marzo de 2018

Alicia Silva Rey





Haré buenos cestos
/Versión 1

Haré buenos cestos,
camisas frescas,
me lavaré los ojos
con té
de esa planta
con hojas de forma geométrica
de animal


el pez es complemento del manglar,
crean contorno,
el coco se lleva bien
con la costa,
la lluvia con las colinas


el conjunto otorga
poder y gracia
al espacio y sus límites


dicen que nuestras molas(*)
provienen de la Crónica de Indias
pero es la geometría del aire
el motivo del adornamiento
pictórico


las tetas sostenidas
por barras de oro
no han sido importadas de Francia
y el algodón que criamos
es la base de nuestras escrituras


un mismo trazo
o corte
une lo separado


almas de las mujeres menstruales
por gala y libertad
tiñen la carne corporal
y los pies
con el arte
que los hace invisibles
a la picadura
de la serpiente

soy superposición de piezas
de distintos colores,
somos la tela que aglutina
cortes y formas.
Mixtura,
ríos de oro


suaves rostros,
flor elegante o mariposa,
langosta o escorpión
luna de oro
el vértice nasal.


(*) molas: telas artesanales fabricadas por los indios Cuna, de Panamá.





Haré buenos cestos, camisas frescas
/Versión 2

Haré buenos cestos, camisas frescas,
me lavaré los ojos con té
de esa planta con hojas de forma geométrica de animal,
el pez es complemento del manglar, crean contorno,
el coco se lleva bien con la costa, la lluvia con las colinas,
el conjunto otorga poder y gracia al espacio y sus límites
dicen que nuestras molas (*) provienen de la Crónica de Indias
pero es la geometría del aire el motivo del adornamiento
pictórico, 
tetas altas y tiesas sostenidas por barras de oro
no han sido importadas de Francia
y el algodón que criamos es la base de nuestras escrituras.
Un mismo trazo o corte une lo separado,
almas de las mujeres menstruales por gala y libertad
tiñen la carne corporal y los pies con el arte
que los hace invisibles a la picadura de la serpiente.
Soy superposición de piezas de distintos colores,
somos la tela que aglutina cortes y formas, mixtura,
argollas de oro, suaves rostros, flor elegante o mariposa
langosta o escorpión, línea inaferrable: el vértice nasal.

(*) molas: telas artesanales fabricadas por los indios Cuna, de Panamá.




Es una bicha veloz, su inteligencia

Es una bicha veloz, su inteligencia
es de laucha, su habilidad
no supera la mía pero es cínica a muerte.
La tengo en el lavadero, encerrada.
Sube y baja por los armarios
donde guardo semillas. La sorprendo
en las noches con mi linterna de luz
y de día, con mi linterna de sombra.
Aturdida por la persecución humana
se detiene ante mí; implora con los ojos
el final, una espiga de veneno.
Cercada por mi hambre, la suya
se devora a sí misma. Que la deje
salir pide, al pastizal. Le doy agua
con una cucharita de plata. No comerás,
le digo. Sus dientes desesperadamente,
crecen. Nada para roer. Te entreno, digo
ante el animal desvanecido
en su hocico pesado.




De rodillas, en la carretera vacía, tosiendo.

De rodillas, en la carretera vacía, tosiendo.
Tose como a los ocho años en José León Suárez, La Quema.
Alas en los pies. Mirá, una valija, está buena, bajala.
Tose a sabiendas de que lleva el chico pegado a él.
Largando los pulmones.
Nadie puede ponerse en el lugar de quien pierde el aliento.

Tierra baldía, cieno, frío sin contemplaciones.
Le dije que si hablaba así, me lastimaría los oídos,
bostezaría hasta aplacar el impacto rústico de su voz.
Sin rescoldo – le dije-, en la negrura de lo no dicho
va a cocerse el pan de la discordia, no hablés.

Se irguió, buscó en el reseco morral
el último tabaco sin dejar de toser,
declinando como en una plegaria
el trepidar del viento en las orejas,
su zona delicada.

"Cómo separarse los cuerpos
a causa de la imposibilidad de compartir
el umbral de un lenguaje".
Fumó, el humo lo ayudaba a respirar sin toser,
el chico pegado a él, olor de marismas invisibles.
"De haber sabido pronunciar…
Una lengua como hecha de fierro,
no digo que ella no me gustara:
me era insuficiente".
Tanteó el piso de litio,
fumó muy lentamente,
inspirando ese bálsamo
del tabaco en los bronquios,
su palabra, la de ella, hubiera sido
el amarradero para el chico pegado a mí
pero su palabra triscaba como arpillera granulada en los labios,
me alejaba de la mujer a la que denominaban Rosario.
No se desea sino lo que se presiente como un sueño
a punto de perderse en la lengua.
Solo se aman unos pocos sonidos perfectos en su encadenamiento insular.

Ella –no era su culpa-, fue desmontando sin querer
los suaves eslabones, las perlas, esas cuentas donde amar y desear”.

Imaginó el carrito palmo a palmo,
a ver si recobraba el aliento,
se fue adentrando como entonces
en la grava del basural.
Vio al chico despegarse,
dibujar algo con el dedo en la grava.

La lluvia blanda remolcaba en su agua lechosa
otra superficie translúcida, un tejado sería.
Los dibujos del chico en el suelo sonaron
como cuando se pisa en el musgo empapado,
¿creés que tendré frío?,
algo se posaba en los labios, lo hundía.




Primero habló.

Primero habló.
La voz de la materia inconsútil,
tú sabés: sin costuras. Un continuo
acerca de lo que no sabemos pero hablamos
porque él primero habló. Su voz era la voz
anhelada desde los úteros y ovas en los que se gesta la vida
que algunos llaman ser y otros, recurso.
¿La ignorancia de la propia fragilidad te volvió incólume?
Pronunciar era como soñar o fundar.
¿Tomaste ácido lisérgico o era la pura adrenalina de la nada
explorándose por tu vía? Fue un domingo como hoy,
Vos pronunciabas, cómo extraño esa voz. Estás ahí,
partiéndote de risa, más flaco, desnudo, subido como el estilita
al hervor de lo dicho. Ahora parecería que te escucho.
Toser. La espuma de tu saliva tampoco la sabemos.
Hay cosas que se guardan para después
como quien esconde una golosina en el catre.










Alicia Silva Rey nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, en 1950. Es docente de enseñanza primaria (maestra y bibliotecaria escolar).
Escribió: La mujercita del espejo (1985); Fragmento de correspondencias (1996-2003); Cartas a la iguana (2012); la Pared al Padre, novela (2013); “Lazos de amor”, relatos (2013); “Boleros”, 2015.
Publicó: La solitudine (Bs. As., CILC, 2009); (circa), Buenos Aires, Años Luz, 2014; Partes del campo (2015), Ediciones de la Eterna, Col. El carterista de Bresson, San Miguel de Tucumán- Buenos Aires; La mujercita del espejo (editada por primera vez en formato libro), Ediciones de la Eterna, Col. El carterista de Bresson, San Miguel de Tucumán – Buenos Aires, 2015; Orillos, editado en E-Book por Barnacle Libros, Buenos Aires, 2015; Enlas vísperas del fin del verano, Colección Poetas Argentinas, Biblioteca de las Grandes Naciones, País Vasco, España, 2016. E-Book.

Los poemas aquí reunidos forman parte de la serie "Aun", incluida en El poder de unos límites, que será próximamente publicado por Mora Barnacle editora.



domingo, 4 de marzo de 2018

Diego Brando







A la hora en que los obreros retornan a la fábrica


nosotros nos dirigimos con nuestras motos a la laguna,
incluso uno de nuestros amigos nos saluda con su casco
amarillo en la mano, lo mantiene y lo mueve en el aire.
Se ríe, pero nosotros lo compadecemos, a esa hora de la tarde,
ese calor, quedar encerrado en un pequeño galpón en las afueras
de un pueblo al que nadie llega, donde no hay nada más
que el sol y las gotas de sudor que caen por nuestro pelo.
No tenemos familias que mantener y todavía la vergüenza
no se infiltró en nuestras cabezas, somos jóvenes
que alargan en sus vidas el tiempo del ocio y la vagancia.
A veces, me digo a mí mismo, ya es hora de empezar ese
nuevo ciclo, de asir a mi cabeza el casco amarillo
y la ropa de trabajo, dejar que el aceite lo ensucie
y lo trabaje con los años. Pero es solo una idea,
ahora surcamos con nuestras motos la pequeña ruta
para llegar a la laguna y sentarnos en los troncos que ubicamos
estratégicamente desde que el calor se hizo presente.
Con el paso de los años la imagen es la misma: los obreros
que entran a la fábrica, nosotros en nuestras motos,
la laguna allá a lo lejos. Pero la vida pasa y es cierto
que nuestra rutina genera tedio y que a veces peleamos
entre nosotros y alguna trompada vuela en el aire.
Cuando ya no quede nadie con quien pelear y el hastío
haya podido más que el terror al trabajo, nos pararemos
afuera de la fábrica y saludaremos con nuestros cascos
amarillos de un lado al otro de la ruta, hacia la nada.

(En Frontera, editorial Vilnius, 2016)



Soy un hombre abandonado

en el fondo de un patio
dentro de los tapiales
que me contienen.
Muevo con mis manos
las ramas del naranjo
y cae la fruta madura
sobre el césped
con fuerza.
Una cosecha ejemplar,
si no fuera
porque el sol se ha ido
y la tierra se ha puesto lúgubre.
Aún así, tomo mis naranjas
y me pongo a resguardo,
agradecido.
El viento de tormenta
surge allá afuera
y en mí, una inquietud:
de qué estoy hecho
y qué pretende de mí
la naturaleza.
Por lo pronto, resta esperar
que después de las heladas
la fruta sea más dulce.



La primera vez en el mar,

me hundí en él
hasta el peligro.
Mientras me hacían señas
para que me acercara
o volviera,
yo sonreía
con el agua al cuello,
los brazos en alto.
De esa temporada volví a salvo
e incluso sobreviví
varios años.
Ahora me tapa la tierra
y no hay nadie en las costas.
Quedé en el mar
como en un reflejo.



Creció la maleza, allí


donde la joven sentada reía.
Desde que se mudó
ya no escuchamos su voz,
ahora tan solo vemos
a través de nuestros tapiales
las nuevas torres eléctricas.
Guardamos para nosotros
el recuerdo de su gracia
y como esos obreros
que cuelgan del aire
hacemos malabares
sobre el vacío.



Se movió el cielo

hacia lugares indómitos.
El río al que arrojé la caña
ya no refleja más
que un agujero negro,
preciso es moverse
hacia los costados.
Siempre debí buscar
el azul, lugares
más agradables.
Los perros corren
y esperan una presa,
luego caen al vacío.
No es una pesadilla,
presento como prueba
las escamas de los peces,
la línea del horizonte.



Fuimos bestias

al sol,
luego
el campo
se llenó de agua.
Pretendimos correr
con las escamas de los peces
en nuestras manos,
pero olvidamos los vestigios,
ahora tenemos lugares
donde morir
y colgar la ropa.
Hombres de antaño,
dígannos cómo
sobrevivir.
Y que la paz sea
con ustedes.







Diego Brando nació en Leones, Provincia de Córdoba el 29 de diciembre de 1987. Realizó estudios terciarios en el ISFD Mariano Moreno de Bell Ville, en donde se recibió de Profesor en Lengua y Literatura. A fines de 2016 publicó Frontera por Editorial Vilnius. Prepara su segundo libro mientras colabora en un laboratorio bioquímico.