martes, 9 de enero de 2018

Florencia Madeo Facente




Entré en un almacén de la costa


Con polvo sobre viejos productos
de cosmética (perfumes que, por ejemplo, Avon
ya no vende en el catálogo)
y alguna que otra estampita religiosa,
un santo con cara de pescado,
y lo que siempre falta.

Dos nenes frente a una computadora casi vieja
a los disparos dentro de un juego
en primera persona multijugador.

Se venden sombrillas y pequeños muebles de playa
por si se te ocurriera broncearte
y permanecer quieto junto a ellos
toda la temporada.
La mujer que me atiende me pregunta cómo está el tiempo.
Se ve que no sale desde la edad del polvo.
Yo pienso que de tanto viento tomaron consistencia
un par de cosas que podrían llegar a justificar
aquella pregunta común sobre la atmósfera,
que lo más manso de la ola se estiró como una lengua
y se comió a las gaviotas,
y que no somos quiénes para entender su muerte.
Alrededor de los arrecifes se empuja algo, no sé bien,
que vuelve sólidos los tiempos,
el mío y el del salmón congelado en la ventana,
tiempo materializado como el de una silla rota
que soporta la lluvia en la calle
mientras nadie se la lleva.
Los adolescentes no despegan sus ojos de la pantalla.
Me preocupa imaginarlos con una cruel ceguera.
De pronto, sobre el rifle que dispara caen pedazos blancos.
-¡Está nevando!
-Wow, qué lindo…



Saber

El poeta ha sido herido por el lenguaje,
dijo.

¿Sabremos que cuando nos dan una casa
un espacio para el amor
el mar durmiendo junto a su desenvoltura
nos dan nuestra propia muerte?

Quizás la muerte no es sino un lugar
—Cada pájaro aguarda un charco para él—.

¿Sabremos?
No, lo olvidamos, como olvidamos el abrigo
antes de salir.
Las palabras llegan, entonces, cuando hace frío.



Así empieza la historia

El aspecto de la barriga de los bebés
las delicadas lomas y planicies,
la piel fina, sin casi vegetación,
nos hace suponer que en el pasado estas áreas
estuvieron resguardadas y bajo la sombra,
en un clima subtropical
Respecto a nacer, yo no recuerdo los guantes 
de color blanco higienizado
que me sacaron de ahí,
ni el grado de naturalidad de la luz
ni si era realmente esa luz
la que inspiró a los primeros hacedores de lámparas.

Apenas nuestro cuerpo se distingue de otros porque
no se despega del suelo.

Al poco tiempo hablamos, sin saberlo todo:
cuál es el origen de las cosas cercanas
y lejanas, cualquier buscador de internet responde
por qué existen la crueldad, las montañas
y los lunares sin relieve, 
la razón por la que algunos crustáceos sobreviven
la recolección, y se mueven al abrir la cáscara,
pero no es todavía cierto
este
deslumbramiento,
la fecha o el lugar en que aparecimos.

Lo imagino, siempre actual:
como aquellas minúsculas lentejuelas
en agua y glicerina, que forman estrellitas piedras
asumo que nos balanceamos
un instante, hasta que, en un chispazo,
la más cercana isla nos encuentra,
nos deslizamos por muros
que resbalan y a la vez retienen la piel
como un tobogán, 
mientras el agua observa y planifica.
De nuevo, la vida y toda la rueda de la germinación,
agua, más agua todavía para agrandar tu pozo
y arrojar tu tesoro, el de tu madre, el de tus abuelas,
el de tus tatarabuelos que llegaron en barco,
cuanto más brilla el pozo, más probable
que los nenes caigan y se ahoguen en él.

Dijo la vecina que mi nacimiento revitalizó
cada una de las plantas domésticas
muertas en el verano.
Los teléfonos no pararon de sonar:
era desde otro lado, ¿dónde? 
Un contrato del exterior, otro lugar,
no sé, lejos, dijeron,
para la fábula inaugural;
al poco tiempo de conocerme,
mamá me puso una cintita roja en la muñeca
y papá tocó madera día a día para que no fuera cierto
que podría, tan fácil, desobedecer a este mundo
y dejar de respirar. 



La sobrevida de las luciérnagas

Las nenas con sus muñecas
se hacen enteramente una
dentro del vientre de la otra
y algunas deciden no nacer
se quedan del lado del dolor

—como un buque encallado
en la rada,
un objeto del recuerdo entre la
descomposición—,

y entonces las muñecas
ramifican su silencio dentro suyo,
un hongo que brota y deforma.

Como una fábrica recuperada, el lenguaje
es el agujero en el árbol del jardín
que plantaron para conmemorar
un falso nacimiento.



Moscas en un corte de luz

¿Cuáles
de todas estas cosas
pensás que hicieron
para ser detectadas?

Se corta la luz, y mi mamá y yo somos las primeras
en prender las velas,
sus llamas al comienzo tan pequeñas
que les cuesta decidir:
parpadean entre ser gráciles bailarinas
o auténticas luchadoras de sumo.

Otra vez será el fuego
el que aclare y delimite
la zona precisa que hospeda
el peligro entre las cosas,
la carne de la caparazón del mundo.

Sinceramente no me gusta tropezar y caer
como un cadáver entre los muebles.

A veces —muy raras veces—
la luz no regresa según lo estimado y
las velas se acaban:
entonces las moscas empiezan a volverse
quietas
sobre las lámparas,
anidan como abuelas su muerte fría,
prendidas en un brillo oscuro
como si el único destino fuera
ser fieles como sus tumbas.

El cielo de color indefinido
les dibuja unos pequeños borrones grises sobre las alas.

Mi mamá se alegra
porque al fin y al cabo, las odia.
¿Pero qué pasa, mamá,
si en un descuido
alguien deja apagarse a la luz que era para nosotras
y no nos salva?



25 años

Estoy en una edad
en la que ya no sería apropiado que se me muriera una planta,
tampoco salir sin paraguas o descuidarme el esmalte.

(Desconocido amor de mis diarios íntimos,
dejaste al fin de parecerte a un vendaje.
Tu elástico desprotegió con un ruido mi tamaño.)

Hay igual distancia entre los veinte y los treinta,
sé que puedo ser un puente en destrucción
o todo lo contrario.

Mi rostro final es rescatado de un cofre oscuro,
pierde el resplandor yendo cada vez más
cerca de la superficie,
en lugar de huesos los demás reciben mis poemas
y mis padres agitan sus pañuelos sobre mí
como si partiera.






Florencia Madeo Facente nació en 1992. Todos sus gatos tienen un título que denota su linaje y/o su pasado oscuro. Le gustan mucho el cine y el vino. Está terminando el profesorado en filosofía y actualmente trabaja como profesora de español para extranjeros.


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Gabriel Pantoja



1


Psicopatología de la vida cotidiana

la interrupción
de un destino de desplazamientos en un
circuito fijo y el afecto por el punto
fijo en el circuito
y el haber
creído decir algo
ahí
parecido a un punto que forme
un circuito fijo, otro
circuito al decir y creer
haberlo dicho
como si se desplazara
es el yo

*

Un campo de energía invisible
Llena el vacío del espacio
un anillo de 18 millas de circunferencia
Donde dos haces de partículas corren en direcciones opuestas
Convergiendo y estrellándose a la velocidad de la luz.

*

la
interrupción
de un destino de desplazamientos en un
circuito fijo que es un campo de energía invisible
y el afecto por el punto en el circuito
de energía y el haber
creído decir algo
como si fuese
ahí
visible ahora el punto y
como si
nuevamente se fijase
el punto llenando el vacío del espacio
semejante a un anillo de 18 millas de circunferencia
donde de pronto dos haces de partículas se desprenden de ahí
y corren
en direcciones opuestas
convergiendo y precipitándose y estrellándose nuevamente en ese
punto que está formando otra vez un circuito y otro
al decir
y creer haber dicho
algo
como si se desplazara
a la velocidad de la luz
es el yo

*

ahora darle de comer
a los perros





2

Los amores
disímiles caben, y
buscan entrar dos
veces en apariencias
simétricas, solo
para desobedecer
al dios
que los oye.




3


No es la tela
donde se balancea
el espacio este espacio
en que escribís. No es
la materia incompleta
que te tiene queriendo más
o puteando así. Un sapo
es todo el jardín
decís, y por eso esas
flores reventadas
y violetas y la
hojarasca después
con su danza de oro
quebradizo y reseco.
Está ante vos ahora
el jardín y ante vos
ahora el sapo y las flores
y adentro también está
jardín sapo y flores
tu decir. Un sapo es
el fondo sobre el que
habías apoyado
el fruto y resbalaste
mismamente por
la apoyatura y el fruto
y así venías tan pronto
con tu cicatriz universal
un día hasta el muro
a escribir esto:
es la imbecilidad
de lo completo, lo atroz
de estas tierras, decís
lo menos bello del reino.
El reverso de las cosas
te tiene así, hermano
hasta parecés el parpadeo
de la materia en la tela del
tiempo cuando gira y está
como a punto de saltar.





4

Acaso solamente
estemos viviendo
la inmensidad de un
presentimiento. De ahí
en adelante
el milagro consiste
en que esa dimensión
nos perfore, no consiga
aplicarse en nada, apenas
abra la puerta creándola
en el gesto
mismo de quien va
a pasar por aquí, ahora.




5

el agua de la pava lista

y en algún lado del mundo una casa
pensás
está destruyéndose

mientras
acaricias el gato

la hoja que veías arrastrarse
por la espiral de viento sobre la gris
canaleta del parque ahora va
a parar hacia el reseco
barro de un charco

sabés que también vos
habías pasado por ahí
y viste
cómo la infinita esfera de agua
repetía deformando el peso de los naranjos

ahora el animal busca
un rectángulo de luz
y se recuesta

estás en la alta piedra
de las quebradas fulguraciones
donde ceden los rostros
decís
a la mordida de dios

entonces la hoja vuelve a salir
arremolinada
por el aire

y ahí es cuando
se estremece gravemente la tarde
y el animal
arquea el lomo como si
entrara de un salto a la irregular
sombra de la historia
y la partiera

pero era solo el roce
pensás
de la caricia




6

Cada encuentro revela
el tropiezo inequívoco
del que estamos hechos
y nos precipitamos decís
a hundirnos, pequeños
óvulos en su pozo grávido
fecundante, para recordar
de paso y otra vez que
de la misma materia se
cose irresuelta la luz y nos
devuelve al temblor fijo
y giratorio de este pedazo
de reino ahora habitado
tremendamente por una
idéntica, incendiada cuerda
que vemos envolverse
y unificar el pánico a las flores.







Gabriel Pantoja. Nació en septiembre de 1978, en Córdoba. Estudió donde no hubiera querido para recibirse de lo que sí deseaba. Practica, de tal manera, la clínica psicoanalítica y la lectura psicoanalítica y la escritura. Así los tropiezos del decir lo llevaron a la poesía, y con alguna más inestable frecuencia al teatro: hace de profesor en el dictado de algunas materias que porque se le escapaban a la memoria debía fijarlas –como al absurdo de un argumento- en un modo de actuación material. Publicó en 2015 el poemario Crack (por Ediciones de la Terraza) y en 2017 Géminis, por ediciones del Dock, con el cual obtuvo el premio Javier Adúriz de poesía y del que sigue sospechando de ese accidente.


martes, 5 de diciembre de 2017

Sofía de la Vega







La elegida

Hoy fui a misa con mi mamá. Los chicos
de la Facultad siempre dicen no creás
y yo les cuento que tengo miedo al diablo
y no a los ladrones. Abro la cortina del baño
aunque no me esté por bañar pero no
miro atrás cuando me bajo del colectivo.
Son las veces que elijo los nombres de quienes
me llorarían y a veces me sorprende. Los imagino
muy feos. Cuando era chica quería vivir
una vida rápida y tener un hijo a los 14 años.
Pensaba que así viviría la mayor parte con él
y no lo dejaría solo. Todavía quiero ser madre pero
no sé si me interesa mi muerte. Me interesa
si el diablo aparece aunque dicen que existe
sólo si lo crees. Los ladrones no son nada
terroríficos si pensás en esos camisones blancos
que usaba Emily Rose en la película. Nunca
me pareció una posibilidad no rezar aunque
con los años es más difícil creer en Dios. Antes
sentía que Jesús quería que fuese su elegida.
A los 10 le pedí que prefería
una aparición de la virgen antes que la suya.
Por eso no me volvió a hablar. 




Corte sirena

Yo sé que hablamos de mi ansiedad femenina
y de plumplum, no de hacer el amor.
Pero vos no sabés que escribo poemas
sobre científicos y pienso cómo la sintaxis
te hace jugártela tan poco.
A todos los chicos que conozco les gusta el fútbol y lo juegan mal
menos mi papá que me dice siempre
peor es nada.
Yo creo que nada es mejor
pero los mensajitos van y vienen
sé que hay compromisos. Nada 
nos detiene ni las razones que te dan a pensar
que algo quiero pescar.
Saber que no es fácil llegar me recuerda
todos los diálogos que tengo de noche
con los chicos de mi adolescencia
que nunca pude decirles no.
Quiero ser miss universo Perú
salir en la televisión
con un vestido blanco y negro
corte sirena diciendo:
Soy
Sofía de la Vega
Vengo de Tucumán
Mis medidas son:
las veces que me dijeron qué lindos son tus poemas
y vos contestaste se quieren acostar con vos.
No quiero escribir sobre cómo me dañás
sólo sobre cómo decís no saber manejar
tu baja autoestima.
Los autos se manejan nene, no las nenas.
Vos no escuchás
no pensás no interpretás.
Sé que estás dando lo mejor de vos
pero ya es tarde.
Las selfies se van amontonando
yo estoy muy atrapada entre vos y mi casa




Rompecabezas

La última vez que viaje a Buenos Aires no fue
como las demás. Me entristecí pero hablé  mucho
con un amigo que también estaba triste pero siempre
lo oculta y también con un amigo que nunca oculta nada
pero sí que yo le gusto. Creo que lo quiero más
por eso. Un día me acosté en un banquito en un parque,
miré unas ramas y me largué a llorar. Hoy me dijeron:
¿si no pasa nada malo no pasa nada bueno tampoco, no?
La inmovilidad de este casi bien no me sirve ya. Creo que
en las provincias se vive siempre casi bien. Un poema de Durand
dice que vivir siempre en el barrio nos asegura un error duradero.
Todo se mueve más lento desde que sabés lo que querés. Todo,
también, parece parte de un rompecabezas
las piezas no se terminan de juntar porque el fabricante
del rompecabezas ya no hace envíos a Tucumán. A la gente
le pone triste las cosas tristes, a mí me angustia no distinguirlas.
En Buenos Aires tampoco sentí nada, amistad y calidez sí, pero
nada que me genere un desorden mental verdadero. Entonces lo que quería
vino desde mí, nadie más. Aunque un día fui a una terracita
a buscar libros de alguien que no conocía ni había visto sus fotos
y  cuando llegué pensé que todo era sorprendente. Que estrenaba
su sillón nuevo y sus zapatillas me gustaban mucho.
Fue emocionante aunque no pasó nada.
Un poema de amor salió después de muchos meses camuflado
con otras cosas como mi perra enferma de 16 años,
historias de japoneses sin cabeza, la infancia de mi papá
y el relato de un poeta que vive entre dos países.




Gato


No encuentro a nuestro gato
hace tres días, no lo vemos ni escuchamos.
Vos estás sentada viéndome
revisar debajo del inodoro del baño de servicio
una vez más. Todas las veces fue así:
la boca se achica y se llena de
líneas verticales
como si un olor te estuviera
molestando
pero no decís nada. Tampoco te movés.
Hay cosas
que no limpiamos de la heladera
y cosas
que tampoco sacamos a ventilar.
Debajo de nuestra cama
no hay espacio para un animal
aunque sea frágil. Encuentro objetos baratos
cuando me agacho, objetos
que nos hacían felices.
El desorden es una forma de desamor.
Todo lo que soy acompañaba
al gato. Venía de la casa de mi madre
y me miraba desde la alacena de la cocina
como lo hacés vos ahora.
Cierro la puerta de mi cuarto
prefiero no sentir más
los ruidos de afuera.




Planetas hermosos


Estaba en un submarino dije una vez
mientras fumaba en una terraza
color amarillo maíz.
Tenía 16 y no entendía por qué
mi amiga Ada se pasaba tantas horas
comiendo con el novio esas roscas
blancas que son feas para mí. A la noche
Ada iba a los recitales de Flema
me mostraba moretones en las clases
violetas y hermosos
formas de planetas inexistentes

Así eran Ada y el novio, no
existían. Un día
me llamaron por teléfono
para ir de vuelta a la terraza
pero no quise verlos ese día. Al novio
me lo cruce una vez más disfrazado
de pancho en la calle
con la sonrisa más zarpada que vi

Mi amiga me sigue hablando de
cucumelos perdidos en el cerro
el novio murió hace unos años
tratando de llegar a una galaxia
donde los moretones nunca desaparecen




Sofía de la Vega nació en San Miguel de Tucumán, en la provincia de Tucumán en 1993. Estudia Letras en la Universidad Nacional de Tucumán. Es organizadora del Festival Internacional de Literatura Tucumán (FILT). Trabajó como editora en Culiquitaca Ediciones, actualmente, está trabajando en la edición y prólogo de la obra reunida de Inés Aráoz. Es parte de la Antología Jardín 16 (Minibuses, 2016) y Fanzine (Almadegoma ediciones, 2016). Publicó la plaqueta Encuentro Latinoamericano de Lengua de Señas y Sordos (Charqui Ediciones, 2016). Participó de la residencia para poetas jóvenes en el Festival Internacional de Poesía de Rosario (FIPR) en el 2017.